No nos pongamos tan contentos

‘Raúl Reyes’ constituye un triunfo militar histórico. De acuerdo: se trata, también, de una gran victoria política para Álvaro Uribe. De acuerdo: la destrucción del campamento estable de las Farc en Ecuador es, además, un estímulo psicológico para los colombianos, cuya entusiasta celebración debería decirles algo a los jefes guerrilleros, empeñados en sostener que el repudio a la guerrilla es invento de la prensa. De acuerdo: los computadores de las Farc exhiben la cobarde e inaceptable colaboración de los gobiernos de Venezuela (ya se sospechaba) y Ecuador con el grupo terrorista.

De acuerdo: la revelación de esos insólitos nexos ha impresionado a la comunidad internacional pues todos los medios de
comunicación informan de ello esta semana.

Pero no conviene dejarse llevar por la euforia tricolor ni el patrioterismo guerrerista (¡hay que ver las barbaridades que se leen estos días en los foros!); resulta indispensable saber qué terreno pisamos, y ese terreno es resbaloso. Para empezar, es peligroso creer que las Farc están acabadas. Lo mismo se dijo en 1990, cuando el gobierno de Gaviria bombardeó Casa Verde, y resucitaron con mayor fuerza. No descartemos, pues, la salida dialogada. Además, reconozcamos que, por vueltas que le demos, la incursión armada en territorio de Ecuador es un acto ilegal, que irrespeta su soberanía y atropella las normas de la OEA y la ONU.
Cómo será de grave, que se intenta defenderlo acudiendo a los argumentos con que Estados Unidos quiso justificar su guerra ilícita contra Irak. Uribe tiene poca formación en Derecho de Gentes, y por eso los dos actos militares internacionales de su gobierno violan la ley: apoyar la invasión a Irak y desbordar la frontera sur.

Muchos ciudadanos tan jubilosos como miopes consideran poco importante esta violación. Pero quita legitimidad a la justísima causa de Colombia contra Chávez y Correa y, en vez de mostrarnos como víctimas de estos siniestros personajes, nos pone en el papel de victimarios. El expediente colombiano contra los dos gobernantes vecinos es contundente: pactos secretos con las Farc, ayuda económica, untuosa complicidad con sus comandantes… Lo pertinente era denunciarlos ante los organismos y la opinión pública internacionales, en vez de acudir a operativos audaces, que nos pueden costar tanto o más que lo obtenido con ellos. Afronta un difícil reto nuestra Cancillería, cuyo clientelismo tradicional y escasa profesionalidad hoy lamentamos. Ojalá salgamos bien librados.

Voto por Rodríguez Zapatero
España elige presidente el domingo. Escogerá entre el actual jefe de gobierno, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, y Mariano Rajoy, candidato del Partido Popular, apoyado por la derecha y la curia paleolítica. Sobran razones para respaldar la continuación de Zapatero, que ha hecho una buena gestión democrática, social y pacifista. Pero me limitaré a su actitud frente a la inmigración.
Mientras Rajoy presenta a los inmigrantes como un grave problema y dedica más tiempo a los pocos miles de extranjeros delincuentes que a los 4 millones de inmigrantes honorables, Zapatero tuvo el valor de reconocer que la mitad del crecimiento económico español de los últimos años se debe a la inmigración.
Gracias a lo que pagan a la seguridad social los inmigrantes es posible sostener a 900.000 jubilados españoles y, también merced a ella, la renta anual del ciudadano promedio subió 623 euros en cinco años. La inmigración enriquece culturalmente a España y garantiza que Rajoy podrá pensionarse sin problemas, pues lo sostendrán los hijos de esos latinos y africanos jovencitas que mira con sospecha en época electoral.

Como español, votaré el domingo por Zapatero.

La marcha del 6
Y como colombiano, apoyo la marcha del 6 contra las atrocidades paramilitares. Hoy más que nunca, con las Farc golpeadas, hay que rechazar toda forma de violencia.

Submarinos caseros

Optimista es el que ve aspectos positivos aun en las peores situaciones. Por ejemplo: alguien se rompe una pierna montando en bicicleta y sueña con que lo lleven en silla de ruedas a abordar los aviones. Pesimista es el que solo advierte los matices negativos de una circunstancia. Por ejemplo, alguien gana una bicicleta en una rifa y cree que se caerá, se romperá una pierna y no le permitirán montar en avión.

Voy a los hechos. Hace poco atraparon a Humberto Cuevas Salazar, ingeniero civil que trabajó en una época para la Fuerza Aérea y acabó prestando sus servicios a la mafia del narcotráfico. Por algún remezón interno que no recuerdo, algún enemigo suyo lo delató a la Policía y esta le echó mano en un barrio de Cali.

Ocurre que este opita, apodado ‘Acuario’, no es un reo cualquiera, y aquí es donde entra a funcionar mi teoría sobre el pesimismo y el optimismo. Se trata de un genio de la tecnología, capaz de montar toda una industria secreta e ilegal de submarinos que, lamentablemente, no se proponía defender a la patria ni facilitar a la ciencia la exploración de las maravillosas entrañas del océano, sino transportar droga a escondidas de las autoridades.

Olvidémonos por un momento de la nefanda destinación de las naves y pensemos en la genial operación de la fábrica. Las grandes potencias tienen montadas factorías de submarinos financiadas con cuantiosos fondos estatales; son astilleros gigantescos donde trabajan miles de personas ayudadas por toda clase de equipos sofisticados, grúas, malacates y hornos de fundición. ‘Acuario’, en cambio, se las arreglaba en caletas estrechas y oscuras; tenía que trabajar en la más absoluta reserva y sin dejar rastro para que no lo pillara la Policía, y le tocaba improvisar siguiendo sus conocimientos e instintos. Algunos talleres clandestinos estaban tan lejos de la costa que la operación de traslado implicaba otro despliegue de ingenio y tecnología. Hace siete años se descubrió una fábrica de submarinos en Facatativá; la nave estaba casi terminada, solo le faltaba recorrer cerca de 800 kilómetros hacia el mar encaletada en una tractomula. También en el desierto de la Guajira, oculta con ramas y palos, apareció otra y una más fue descubierta en un río próximo a Buenaventura.

Era, según dicen, un precioso juguete capaz de navegar bajo el agua con tres toneladas de cocaína a bordo. Estos tres y 16 sumergibles más encontró la Policía. Pero se calcula que ‘Acuario’ construyó y lanzó al agua unos veinte submarinos adicionales que han eludido los controles de las fuerzas navales colombianas y gringas.

No me enorgullece, propiamente, la hazaña. Bien sabemos el daño que ha hecho el narcotráfico al país y los desastres que la droga causa en los jóvenes. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. Este ingeniero está acusado de graves delitos, mas nadie puede negar que se trata de un genio de la tecnología. Él solo, con la ayuda de unos pocos hombres, fue capaz de montar una señora industria de submarinos -más de 30- en condiciones adversas y bajo la sombra del silencio y la clandestinidad.

El pesimista dirá: “¡Otro colombiano talentoso que se dedica al crimen!”. Pero yo propongo una mirada optimista: tenemos un ministro de Transporte que se ha tropezado con las obras del túnel de La Línea (de la noche a la mañana resolvió que no había que hacer uno, sino dos) y el aeropuerto El Dorado (abrió licitación con un proyecto anacrónico). ¿Por qué no nombrar ministro a Cuevas Salazar? Para un hombre que fabrica submarinos en el patio de su casa, un túnel o un aeropuerto son moco de pisco.

En este punto gritarán los pesimistas: “¿Cómo vamos a premiar con un ministerio a un tipo que estaba al servicio del narcotráfico?” Y yo respondo con un enfoque optimista: le cambiamos la cárcel por el servicio cívico: ya que trabajó tantos años contra los intereses del país, que lo haga ahora en su favor.

Eso sí, con la obligación de convertirse en pasajero de todos los viajes inaugurales de los nuevos submarinos que construya para la Armada colombiana y otros países (porque seremos exportadores). Eso garantizará que ponga máximo esmero en su fabricación. Una cosa es ser optimista y otra es ser pendejo.